La Ecuación de Morfeo

David entra en el local visiblemente nervioso. Sabe que ha llegado antes de tiempo. El reloj de la pared indica que faltan diez minutos para la hora de su cita. Ahora se pregunta si el sitio elegido es el más indicado para el tipo de encuentro que esperaba. De haber conocido la ciudad habría elegido un lugar mucho más íntimo y con menos luz, pero dadas las circunstancias esto era mucho mejor que nada. Pensó que si la primera parte del encuentro se desarrollaba adecuadamente, más tarde podrían cambiar de lugar. Por otro lado, también era lógico que ella eligiese un lugar donde sentirse a salvo, porque al fin y al cabo, él no deja de ser un extraño que apenas conoce. Hay pocos clientes a esta hora, así que se dirige a un rincón discreto y se sienta a esperar. Al poco se acerca la camarera para preguntarle qué desea. ¿Qué pedirá ella?Ignora qué sería lo más apropiado en este sitio y a esta hora.

−Estoy esperando a alguien. Pediremos cuando llegue, si no le importa –dice y la camarera se aleja con una sonrisilla burlona.

−Como guste el caballero.

Los minutos no pasan. Los segundos libran una lucha cuerpo a cuerpo contra las manecillas, conquistando a sangre y fuego cada milímetro del reloj de la pared, ante la impasible mirada del tiempo. La insoportable lentitud en que discurre el combate hace inútil toda técnica para mantener la calma y la concentración. Pasada la primera eternidad, por fin ya es la hora exacta de su cita, pero la chica no aparece. ¿Me habré confundido de lugar?≫ 

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